Llegó un momento en que olvidaron los mapas, los horarios de verano y las calles que habrían de conducirlos a los lugares más representativos de aquella ciudad. Perdidos, sin rumbo, y knockeados por un síndrome de Stendhal que apenas entendían, deambularon por el empedrado, rodeando los muros que la historia había marcado, las esquinas romas del roce del viento durante siglos, el reino de las calles blancas. Comprendieron entonces que el verdadero patrimonio de aquella ciudad no eran aquellos muros, ni aquellas calles, ni las ventanas de rejas con vistas a patios que guardan secretos de luz, sino algo más abstracto que les cautivó, encerrándoles para siempre en aquellas callejuelas con destino a ninguna parte.
Entonces, presos de aquella ciudad, entendieron la libertad de escoger donde dejarse atrapar, la maldición de la cárcel más bella del mundo.
![]() |
La reja |
Foto: Paula B.
Texto: Ciudadano B.